Enrique Santos Discépolo

Un 27 de marzo hace cien años nacía, en pleno barrio Once, Enrique Santos Discépolo, uno de los grandes talentos de la cultura argentina. Más allá de ser el autor de una extensa nómina de clásicos de clásicos en lo que concierne a tangos, obras de teatro y películas, "Discepolín", como le decían sus allegados, fue un hombre sobretodo hipersensible (aún cuando él mismo renegara de este calificativo). Un hombre que conoció a fondo el significado de las palabras soledad y tristeza, acaso antes de saber cómo se escribían, ya que solo tenía cinco años cuando falleció su padre y poco antes de cumplir los nueve, perdió también a su madre. Un hombre que supo mutar ese dolor tan esencial en creación artística. 

"Tuve una infancia triste. No hallé atractivo en jugar a la bolita o a cualquiera de los demás juegos infantiles. Vivía aislado y taciturno. Mi timidez se volvió miedo y mi tristeza, desventura", como declararía después el mismo Discépolo. 

Hijo menor del músico napolitano Santo Discépolo, tras la muerte de sus padres, vivió con su hermano, Armando, un dramaturgo catorce años mayor, quien lo contactó con destacados hombres del ámbito cultural. 

Durante sus años de secundaria, "la rabona" se hizo una costumbre. Las horas escolares para sus compañeros, eran para él tiempo de deleite que pasaba sumido en los libros que le prestaba el librero de enfrente de su colegio, a cambio de mate y bizcochos. En ese entonces, Discépolo tenía certeza de que no deseaba ser maestro de escuela sino actor y ya comenzaba a masticar las letras de sus canciones. 

Su carrera artística profesional se inició en 1917, cuando debutó como actor en el Teatro Mayo, y continuó al año siguiente, con su irrupción en el Apolo. 

A los 18 años ya había escrito su primera obra, "Los duendes" y dos años más tarde, presentó "El señor cura", un drama inspirado en un cuento de Guy de Maupassant. 

Pero fue recién durante 1925 con la aparición de "El organito", en coautoría con su hermano, cuando comenzó a notarse su solidez dramática. Esta virtud volvió a quedar plasmada en 1931, con "Caramelos surtidos", su primera pieza escrita a solas. 

Haciendo caso omiso a un espíritu hiperkinético que lo caracterizó siempre, Discépolo llegó al cine en 1924, cuando debutó a las órdenes de Mario Soffici en el corto mudo "La muñeca". Esta participación fue sólo el paso inicial de una carrera en las que se destacan memorables películas como "Melodías porteñas" (1937), "Cuatro corazones" (1938), "Caprichosa y millonaria" (1939), "Cándida, la mujer del año" (1943), y "El Hincha", película que filmó en 1951, el mismo año de su muerte. 

Luego de su incursión en el mundo del cine y del teatro, Discepolín llegó -para quedarse- al tango, donde brilló especialmente desde 1928, luego de que la cancionista Azucena Maizani interpretara "Esta noche me emborracho", un tango que no pasaría inadvertido. Ese año también conoció al amor de su vida: Tania, la legendaria cantante española radicada en Buenos Aires. 

En su haber se cuentan un puñado de tangos emblemáticos, entre ellos, "Yira yira", "Cafetín de Buenos Aires", "Uno" y "Cambalache", escrito en 1935, que describe como pocos al siglo XX "problemático y febril". 

"Un tango –según el propio Discépolo- puede escribirse con un dedo, pero necesariamente se escribirá con el alma porque un tango es la intimidad que se esconde y es el grito que se levanta airado, desnudo". 

Tampoco la radio estuvo exenta de contar con él. Se recuerda el personaje "contrera" Mordisquito del microprograma "Pienso y digo lo que pienso", un espacio donde podía expresar sus opiniones políticas en defensa del peronismo al poder y sus preocupaciones sociales. 

Flaquísimo, enfermizo, narigón, culto y desprolijo, Discépolo paralelamente a su carrera artística, ocupó cargos gremiales como la vicepresidencia de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores. 

Fue así que, en plena presidencia de Perón, se vio rechazado por muchos de sus pares con los que había compartido mesas de los cafetines porteños y de quienes la política lo separó para siempre. 

"A los 15 años hice versos de amor, muy malos. A los 20, henchido de fervor humanista, creí que todos los hombres eran mis hermanos. Ahora, estafado y querido, golpeado y acariciado, creo que los hombres se dividen en dos grandes grupos: los que muerden y los que se dejan morder. Hay un hambre que es tan grande como la del pan y es la de la injusticia, la de la incomprensión". 

Enrique Santos Discépolo falleció en Buenos Aires el 23 de diciembre de 1951.

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